María José Blas Ruíz

Exclamar “¡De Aguilar!” al contemplar un libro significa que el sueño de don Manuel Aguilar Muñoz sigue vivo. Y esa era la máxima aspiración de un modesto editor. Que todo el que mirase sus libros, a simple vista supiera –como ya he dicho– que eran de su editorial: la Editorial Aguilar.

Mis primeros recuerdos de la editorial comenzaron hace algo más de diez años, cuando decidí trabajar con mi padre en su librería, una librería de viejo situada en pleno centro de Madrid. Uno de sus estantes siempre albergaba una serie de bellos tomos encuadernados en plena piel, en donde se podían ver reunidas las obras completas de autores como Blasco Ibáñez, Galdós, Palacio Valdés, Pereda y Cervantes entre otros. Cuando llegaba la Feria del Libro Antiguo que anualmente se celebra en el Paseo de Recoletos de Madrid, los meses de mayo y octubre, siempre decía: “vamos a llevarnos los libros de Aguilar que verás como se venden”, y efectivamente así ocurría. Los coleccionistas aguardaban ansiosamente la apertura de la feria para lanzarse a cazar los ejemplares que no estaban en su colección. La mayoría de los volúmenes no permanecían allí más de un par de días. La verdad, es que al principio, yo desconocía que era exactamente eso de la Editorial Aguilar, pero poco a poco la curiosidad me hizo ir más allá, y empecé a documentarme sobre las colecciones en papel biblia, recopilando la información y las dudas que me llegaban a través de los coleccionistas. Lo que comenzó con un simple listado, hoy en día se ha convertido en un amplio estudio sobre estas colecciones, que espero publicar en breve. Mi curiosidad no se paró aquí. Necesitaba saber quién era el personaje que estaba detrás de todo eso.

La vida de don Manuel Aguilar siempre ha girado en torno al mundo del libro, aunque curiosamente su vocación era la de ser escritor y no editor, iniciando su faceta de periodista, primero en Barcelona, en el periódico La Publicidad, allá por el año 1907, y al año siguiente en Valencia, en el diario El Pueblo, fundado por Blasco Ibáñez, con quién años antes había trabajado como ayudante de su editorial.

Durante este periodo sufrió dos exilios que le llevaron por Inglaterra y Francia, uno forzoso en 1909, que probablemente coincide con la etapa en la que trabajó dando clases de español, de la cual regresó una vez que se indultaron los delitos de prensa; y otro voluntario, motivado por la oferta del escritor Ciges Aparicio, en 1911, para relevarle en la corresponsalía del diario valenciano. Durante su estancia en París también colaboró como traductor y corrector de pruebas dentro de la Editorial Louis Michaud, familiarizándose con la lectura universal del siglo XIX y principios del XX.

1913, además de ponerle en el camino a su fiel compañera Doña Rebecca Arié, también le trajo una nueva ocupación, convertirse en el representante de un consorcio editorial en Buenos Aires. Al año regresó a París, contratado por la editorial Hachette, para estudiar la comercialización de libros franceses en el mercado español. Tras sacar adelante el proyecto, el 23 de marzo de 1914 se convirtió en el director de la Sociedad General Española de Librería, sociedad creada para instalar librerías en las estaciones de Ferrocarriles de España. La gestión y las ideas de don Manuel convirtieron a dicha sociedad en la mayor red de librerías de España, siendo en muchas ciudades las mejores, debido al amplio surtido de títulos y novedades, contribuyendo así a la difusión del libro. Gracias a él, muchos pueblos por fin contaron con una librería.

Para la casa Hachette trabajó aproximadamente hasta finales de 1922. Durante esos años, los viajes que hizo por gran parte de Europa y Sudamérica le permitieron familiarizarse con el mundo del libro a escala internacional.

Y por fin llegamos a 1923, año emblemático en la vida de don Manuel Aguilar y en la historia de la edición española. Ese año supuso para él un gran reto. Casi sin recursos, decidió lanzarse al mundo editorial y crear su propio sello en Madrid, en un pequeño local situado en la calle Marqués de Urquijo 38. Sus comienzos no fueron fáciles, pero gracias a su empeño pudo seguir adelante. Para su primer libro eligió la traducción de la trilogía del afamado astrónomo francés Camile Flammarion, titulada La muerte y sus misterios, ya que estaba seguro de que dicha obra sería un total acierto y rápidamente le reportaría beneficios para poder seguir editando. Y así fue, la edición se agotó en seguida.

Hasta la llegada de la guerra, el fondo editorial de esta primera época se caracterizó por dos claras vertientes: las colecciones basadas en traducciones de obras precedidas por el éxito fuera de nuestras fronteras; y los títulos divulgativos, enfocados hacia un lector más especializado. Casi una treintena de colecciones vieron la luz, destacando por encima de todas Obras Eternas y Colección Joya, basadas en su gran idea de editar obras completas de autores clásicos o reconocidos, en volúmenes con todo lujo de detalle a un precio asequible y para ello, su gran acierto, elegir el papel biblia para imprimirlas.
En esta etapa también destacan los cuentos de Elena Fortún basados en las vivencias de una niña llamada Celia, que hoy en día son todo un clásico de la literatura infantil.

En 1936, Manuel Aguilar contaba con una editorial, un taller de encuadernación y una imprenta. Vivía y trabajaba en la calle Marqués de Urquijo 39. Comenzó en un pequeño piso y gracias a su tesón prácticamente llegó a ser dueño de todo el edificio. Sus colecciones marchaban a buen ritmo; sin embargo, con la llegada de la guerra, todo eso cambió. En sus memorias, resume esta etapa con la siguiente frase: «Mi obra, tan laboriosamente levantada, se vino al suelo, como la de otros millares y millares de españoles».

A finales de 1936, su empresa fue incautada por la CNT, pasando a convertirse en un mero empleado. Con la editorial desmantelada, la imprenta ocupada y los libros almacenados, don Manuel decidió iniciar su faceta de librero; su esposa Rebecca se puso al frente de un establecimiento de la calle Recoletos y el montó su segunda librería en la calle Serrano. Vendieron libros y agotaron algunas de las colecciones, mientras que otros libreros optaron por reservar sus fondos para sacarlos una vez finalizada la guerra.

El fin de la guerra supuso un nuevo reto. Prácticamente lo había perdido todo pero animado por su esposa decidió reanudar su editorial. Gracias a su experiencia anterior y a tener un sello editorial acreditado, consiguió el dinero necesario para volver a empezar. Todo el trabajo y el esfuerzo iniciado años antes había que reestructurarlo. Situado en un nuevo local, en la calle Goya, que a la vez hacía las funciones de librería y sede editorial, revisó su catálogo, dándose cuenta de que la mayoría de las colecciones estaban desfasadas.

Su proyecto más inmediato se centró en la continuidad de Obras Eternas y Joya, que tan buenos resultados le habían aportado en la etapa anterior, por lo que en 1940 reeditó los volúmenes de Cervantes, Palacio Valdés, Pereda y Santa Teresa, y comenzó a preparar las ediciones de Benito Pérez Galdós y Benavente. Esta vez el editor tuvo suerte. En una época en la que las restricciones de papel dificultaban la impresión de libros, Manuel Aguilar apostó por el papel biblia, papel que no tenía restricciones y a partir de aquí, su historia ha quedado plasmada en cientos de volúmenes que reúnen un extenso y selecto fondo editorial, agrupados en colecciones como Crisol, Crisolín, Biblioteca Premios Nobel, Colección Lince y Biblioteca de Autores Modernos.
Muchos de los títulos se agotaban nada más publicarse.

Las colecciones llegaban a todas partes. Tuvo que contratar agentes de ventas que viajaron por toda España llevando su sello editorial, además de instalar un sistema de venta por correo y otro de venta a plazos. Todo el mundo quería comprar sus libros y exhibirlos en las casas por el mero hecho de que estaban editados por Aguilar. Sus competidores no tardaron en copiar la idea. Así, editoriales como Biblioteca Nueva, Plaza & Janés, Juventud, Afrodisio Aguado y Planeta se lanzaron a imitarle.

Desde mi experiencia como librera, puedo decir que siguen apareciendo bibliotecas que conservan intactos los tomos, e incluso mantienen el precinto de celofán que los envolvía. El propio Manuel Aguilar llegó a comentar que los carpinteros se habían visto obligados a fabricar muebles con estantes especiales para albergar sus colecciones.

En 1943 estableció su nueva sede en la calle Juan Bravo de Madrid, donde mandó construir el edificio Aguilar, lamentablemente, vacío hoy en día, tras cerrarse hace unos meses la última librería de la cadena Crisol.

En 1949, el sello M. Aguilar editor se dividió en dos; Aguilar Sociedad Anónima de Ediciones como empresa Editorial y M. Aguilar Editor-Librero para la comercialización de libros.

Durante más de cuatro décadas, su fondo se fue renovando gracias a las numerosas colecciones. Nunca fue partidario de la publicación de novelas modernas, por lo que se permitió el lujo de rechazar la publicación en castellano del gran best-seller del momento: Lo que el viento se llevó.
Tampoco tenemos que olvidarnos del departamento cartográfico que instaló en el Edificio de Juan Bravo, dedicado a editar los mejores Atlas de España y Universales, con más de veinte empleados al frente.

En 1954 la editorial contaba ya con un fondo de unos 1060 volúmenes, ampliándose en la siguiente década aproximadamente en un 50%. En 1964 tenía publicados 5102 títulos contenidos en 2105 volúmenes.

Como ya he comentado, su relación con el mundo del libro no solo se centra en la editorial. Su faceta de librero, le llevo a montar varias librerías, siendo las principales las de la calle Goya, Serrano y Castellana, además de sucursales en Barcelona, Bilbao, Málaga, Santa Cruz de Tenerife, Sevilla, Valencia y Vigo.

La editorial también cruzó fronteras. En 1946 viajó a Argentina con el objetivo de difundir su fondo en América, editar nuevas publicaciones y contactar con escritores hispanoamericanos. En 1957 ya contaba con un edificio propio en Buenos Aires. La actividad no se limitó a la comercialización de las publicaciones españolas, sino que también se imprimieron libros y se publicaron obras de autores argentinos que se incorporaron al catálogo.
En 1947, la editorial Aguilar llegó a México, dedicándose a importar y distribuir sus libros, pero no fue hasta 1958 cuando inicia la publicación de autores prohibidos en España como Camus, Balzac y Stendhal; logrando su fuerza editorial en 1959 con la publicación de La Novela de la Revolución Mexicana y La Novela del México Colonial dentro de la colección Obras Eternas. También montó filiales en Colombia, Chile, Perú y Venezuela, además de una agencia distribuidora en París.


 
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